Intro – Segunda Parte
Próxima parada, Calafate, pero el destino tenía otros planes. Me fui caminando del pueblo, siempre camino mientras hago dedo, nunca paro. Estancia La Leona, a 100 kilómetros de El Chaltén y El Calafate. Misteriosamente necesitaban un cocinero, duermo, como, no gasto nada y tengo 2000 pesitos más en un mes. Cafu, salteño, tipo humilde, paciente. Mi único compañero de trabajo por 10 días, que fue lo que aguanté hasta renunciar por cierta discrepancia con los adinerados dueños. “Si no te sirve como trabajo me voy, no hay problema”, informándole sutilmente que no me rompa más las huevos.
Tenía micro gratis así que fue fácil llegar a El Calafate. En el hostal Che Lagarto que abone sólo 60 pesos por tres noches disfruté de la excelente compañía de otros viajeros de diferentes países y formas de viajar. Dos hermanos belgas viajaban en moto, otros en avión, micro, combinando, en fin, curtí un poco el tema “hostal” que para mi resulto ser un hotel 5 estrellas. Se formó un lindo grupo en esos días, me tocó compartir una habitación con Fran, un argentino que hace 9 meses estaba viajando y con el cual sigo en contacto. Una noche cociné unos fideos con bolognesa para esas 11 personas; España, Bélgica, dos colombianos, un francés, un italiano, tres argentinas y dos argentinos. Fumamos flores, tomamos vino, caña y disfrutamos del exquisito violín.
Una mañana arranque a caminar hacia el Glaciar Perito Moreno cuando todavía era de noche, vi el acuarelado amanecer. Habré caminado unos 7 kilómetros hasta que una pareja de salteños me levantó, llegamos a medio día aproximadamente y solo pagamos 8 pesos tarifa de residentes… fue lo único que gasté en conocer el imponente glaciar. Hice casi todo el recorrido de las escaleras, tambien cruce por donde no debía, tiempo después un guardaparques logró alcanzarme, antes de que diga algo me disculpé y le di la razón en lo que tenga que decirme. Con tres dedos ya estaba de vuelta en Calafate. No busqué trabajo, quería llegar a Ushuaia.
De Calafate llegue a Punta Arenas en un solo día con 3 dedos. Caminé buscando hostal barato aunque había pensado pasar la noche en algún lugar abandonado, otro desafio. El cansancio me llevo hasta El Conventillo donde conocí a Ale, Ceci y Karen, tres sobrevivientes de Puerto Williams. La primera vez que escuchaba de dicho lugar, esa si era la ciudad más austral del mundo. Me contaron un poco, vi algunos mapas y me enteré de la existencia de este ferry que tardaba unas 36 horas y costaba 180 dólares. Quedé regulando,”quiero ir en ese ferry”, pensaba.
En Punta Arenas compré una bolsa de dormir, una carpa y unas botas, la primera vez en mi vida que compraba algo aparentemente bueno. Me despedí de las Topper de cuero blancas que ya estaban agonizando, literalmente, destruidas y hediondas.
Ferry a Porvenir, unos 50 pesos argentinos, 4 horas de viaje. Baje del ferry y me encontré con un italiano que venía viajando en bici, iba para Ushuaia también. Caminé, caminé y caminé, ese tramo me hizo recordar la ruta hacia Coyhaique, no pasaba nadie. Me agarró la noche, no tenía linterna y estaba muy cansado, ni siquiera había desayunado, mi única comida había sido una banana y un trago de Fanta que un camionero me convidó, el único que había logrado acercarme unos kilómetros. Me mandé a una estancia, toqué la puerta y pregunté si me vendían un plato de comida, amablemente me dijo que no cobraban por un plato de comida, me mostró un cuartucho en donde al parecer otros viajeros o trabajadores a veces se alojaban y me informó que a las ocho comíamos.
Me devoré el chivito, las papas y zanahorias cultivadas por ellos mismos. “Querés más?” – “Y.. si sobra… sí”. Me comí otro plato igual de abundante, es increíble como te vuelve el alma al cuerpo después de comer. Eran una pareja de la isla de Chiloe, trabajaban en la estancia todo un año, buena gente. A la mañana me despedí y caminé, caminé 15 kilómetros hasta la frontera de San Sebastián, cargado con dos carpas, dos bolsas de dormir y la mochila… y con las zapatillas recién estrenadas, jojo.
